El Perú define su futuro en las urnas mientras conmemora la epopeya de 1880, en una jornada donde el ruido electoral amenaza con sepultar las lecciones de dignidad de nuestros héroes.
Este domingo 7 de junio, el calendario oficial del Perú superpone dos actos de profunda trascencia civil que parecen morderse la cola: el Día de la Bandera —que conmemora el sacrificio del coronel Francisco Bolognesi y sus hombres en el Morro de Arica— y la decisiva Segunda Vuelta Presidencial [2, 3]. Mientras las guarniciones militares y las plazas de armas repiten a estas horas la romántica e institucional fórmula del juramento de fidelidad, más de 27 millones de peruanos acuden en masa a las urnas para elegir, entre el desgano y la polarización, el rostro del próximo quinquenio. La coincidencia no es meramente anecdótica; es una ironía histórica que merece una mirada crítica.
EL CONTRASTE CRÍTICO DE DOS DISCURSOS
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│ LA PALABRA EN ARICA │ LA PALABRA EN LA URNA │
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│ • "Tengo deberes sagrados..." (Bolognesi) │ • Discursos de confrontación y encono │
│ • "¡No me rindo! ¡Aquí muero!" (Ugarte) │ • Mítines vacíos y promesas de ocasión │
│ • El honor nacional como único fin │ • El cálculo político para captar votos │
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El eclipse de la memoria: El peligro del feriado invisible
El verdadero peligro de este día no es logístico ni organizativo, sino estrictamente cultural: la fiebre electoral amenaza con sepultar por completo nuestra memoria histórica.
Mientras las redacciones de los medios ejecutan transmisiones maratónicas de doce horas continuas, las cámaras de televisión no buscan hoy el Pabellón Nacional, sino el morbo de las incidencias de votación y las declaraciones estridentes. El despliegue de las unidades móviles, los porcentajes a boca de urna y el drama del conteo oficial de la ONPE devoran la pauta informativa minuto a minuto [2]. En este ruidoso escenario mediático, el sacrificio de los hombres que defendieron el Morro de Arica queda reducido a un cintillo secundario al pie de la pantalla, un «feriado civil» diluido que la opinión pública ignora en medio de la tensión del sufragio.
Este canibalismo informativo transforma una fecha de honda reflexión en un día invisible. La República del siglo XIX, construida a base de sangre y defensa de la soberanía, es reemplazada temporalmente por la República de las impugnaciones, las actas observadas y los personeros de mesa en pie de guerra. No hay espacio en el debate público para recordar qué significa la palabra «Patria» porque todo el oxígeno mediático se lo lleva la pugna por saber quién se queda con el Palacio de Pizarro.
«Nunca reclames nada, para que no crean que mi servicio lo pago con la gratitud de mi país».
— Francisco Bolognesi, en una carta dirigida a su esposa María Josefa semanas antes de la batalla.
El grito de un bando y el lamento del otro
Al caer la noche, el Perú se partirá en dos mitades exactas frente al televisor. De un lado se escuchará el grito eufórico de victoria de una facción política; del otro, el lamento amargo de los vencidos. En medio de esa crispación desatada, la bandera nacional dejará de ser el símbolo que nos une para ser reducida a un trozo de tela que cada bando intentará arrastrar hacia su propia trinchera ideológica, utilizándola como botín de guerra propagandístico.
El contraste con el pasado es demoledor. Comparemos la sobriedad moral y el desprendimiento de Bolognesi con la ambición de la clase política actual, que asalta las instituciones del Estado buscando el beneficio propio antes que el servicio ciudadano.
Asimismo, la respuesta final del anciano coronel al emisario chileno Juan de la Cruz Salvo —«Tengo deberes sagrados que cumplir y los cumpliré hasta quemar el último cartucho»—, apoyada unánimemente por sus oficiales en la junta de guerra de Arica, representa una lección de unidad absoluta ante la adversidad. Incluso el joven Alfonso Ugarte, antes de lanzarse al abismo para salvar el pabellón de la profanación enemiga gritando «¡No me rindo! ¡Aquí muero!», entendió que el símbolo colectivo estaba infinitamente por encima del individuo.
Hoy, la realidad es la inversa: mientras en 1880 los héroes unificaban al país frente a una amenaza real, las elecciones nos encuentran disparándonos esos «últimos cartuchos» verbales entre nosotros mismos. La victoria de una mitad sobre la otra se celebrará agitando banderas rojas y blancas en las calles, pero esas banderas ya no representarán la victoria de la nación entera, sino el triunfo de una parcialidad sobre otra en un país profundamente fragmentado. El reto ciudadano de este domingo es votar con la memoria intacta, recordando que los gobiernos pasan, pero la bandera permanece.
